Pensaba en lo difícil que es todo, en lo rígidos que están mis huesos, y en que se pondrán peor. Secaba el agua almidonada que chorreó de la olla de arroz, y pensaba en cuánto odio esta rutina. Desesperaba porque no me creía capaz de afrontar un nuevo lunesmartesmiercoles hasta el viernes, y porque, además, ¿después qué? Me dolían los huérfanos de este mundo cruel, me ahogaban los conflictos terrenales y existenciales y me extrañaba de la vida, que es un absurdo. Me aturdían los ruidos y me encandilaba la luz. Me arrancaban lágrimas los recuerdos de otras tardes tristes.
Entonces me llamaste.
SÍ.
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