Me gustan ciertos besos que son como chicles:
en las paradas de bondis, un angulo que se abre
con las bocas como vértice.
Me gustan esos besos de despedida,
apurados en las paradas,
que se estiran como chicles.
Yo nunca recibí uno (sí otros y también hermosos),
pero hoy quiero hablar de eso, instantáneo y estirable.
Eso cortito y largo que se estira y se divide al fin.
Imagino el sabor que queda en el viaje,
y el que queda en la calle,
se aleja caminando despacito.
Imagino, sobre todo esa sensación mutua,
de un segundo que se extiende sin tiempo.
Hoy también ví un beso por ventanilla,
de esos sí mandé y recibí alguna vez.
Un estallido de preguntas que retornan y revuelven; porque nada está tan claro y todo, desde su propia opacidad, es deconstruible.
sábado, 6 de junio de 2015
sábado, 11 de abril de 2015
Ejercitar la piel (6-2-11)
Caminó y caminó por avenidas renovadas de tránsito, delante de zaguanes olorosos, debajo de semáforos solitarios que a la nada dedicaban su canturreo tricolor. Y mientras la mañana des-cubría la ciudad tiñéndola en un espectacular tono amarillo-amarronado, la decadencia de lo que termina definitivamente (en este caso, y entre otras cosas, la noche anterior) le golpeó un costado con su paso impaciente. Salió de su sopor a los chirlos; siempre solía adormecerse y despertar de esa forma en cualquier lugar.
Es que caminaba, pero no había dejado ese otro mundo que habitaba. Ese otro mundo que, aunque podía admitir que perteneciera a una dimensión distinta, no llegaba a considerar como realidad paralela. La "realidad" era otra cosa, eso que le golpeaba en la mañana nublada. Y lo "paralelo" no le gustaba. Incluso la propia palabra le sonaba mal.
Hubo una serie de pensamientos que se agolparon para disputarle un lugar al insecto de su mente. Entre todos ellos, optó por recordar.
Sabía muy bien -eso lo había aprendido hacía mucho, y casi sin darse cuenta- que la experiencia era aprendizaje en el cuerpo. A través de los recuerdos se podía capitalizarlo y también ejercitar la piel. Por eso los recuerdos, todos, le hacían bien.
De esa manera dejó de lado la autoimposición de planificar el paso siguiente. Despachó así todo esbozo de elucubración de futuros posibles. Se desembarazó de la obligación de analizar las oportunidades que tenía a la mano. Y volvió a adormecerse deslizándose con suavidad sobre mucho de cuanto había vivido hasta entonces.
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