El sol parte el asfalto en el camino que va desde la vereda de mi abuela hasta la explanada de la pequeña terminal de pueblo. Es solo media cuadra pero salir a la siesta sola me hace sentir grande. En la casa todo queda durmiendo y las habitaciones se inundan de una oscuridad húmeda que me angustia. Los cerámicos son antiguos, rugosos, mugrientos en la casa de mi abuela. Aunque se empeñe en limpiar, hay bordes de los muebles de fórmica que acumulan el residuo cansado de años. Allí donde las manos que limpian ya no alcanzan, allí donde los ojos han dejado de percibir con nitidez, la pelusa se pega a la grasa y yo quiero irme un poco. El foco de luz siempre es débil, y se enciende lo menos posible para ahorrar en la boleta. Se entiende, son jubilados los que viven ahí. Pero yo soy una adolescente y mi alma busca encandilarse con la energía de un mundo que nace renovado cada día. En la terminal camino mezclándome entre la gente que anda. Fumo y simulo andar de paso, ser una más que viene o que va. Pero la verdad es que me sorprende la ausencia de despedidas y bienvenidas. En general es gente que llega o se va como si se tratara de un trámite, tal vez cumpliendo un horario de trabajo, sin mayores emociones. Se entiende. La vida cotidiana está hecha de eso. Pero yo soy una adolescente y necesito alimentarme de una intensidad que le exprimo a todas las cosas.
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